El tiempo pasó por esta casa como salvaje marea en noches de extravío, limpiando los rincones, llevándose a su paso las tristezas encarnadas. Solo quedó de aquella morada solitaria, risas que salieron de festejo por tantas ventanas, nacimientos celebrados, llorosas melodías o cerrándose estremecida por sus muertos.
La circundaban patios estrechados, de raquíticos pastos, árboles desgajados, y en los canteros marchitos se adivinaban historias que en otro tiempo reflejaron sus espacios.
La vida pasó por zaguanes ahora fríos y desnudos, por esa escalera de piedra que llevaba al mirador. Rotos ahora esos peldaños en el olvido, como evitando llegar a lo más alto para no encontrarse con aquel cielo fiel. Corredores, salas, pasadizos, estaban destinados para latir de gozo o espiar los amores escondidos en balcones somnolientos por donde se colaba la vida.
Ahora cuelgan sus ventanas agobiadas de abandono. Cuando las mece el viento, sus chirridos parecen letanías que aún quedaron atrapadas en sus evocaciones.
Sus paredes descascaradas muestran la silueta mustia de aquella casa. Sólo se oyen los vagos rumores de criaturas que invadieron sus entrañas. Sonido que estremece al caminante desprevenido que por allí pasa.
Ya no crepitan los leños en la estufa, ni brilla la lumbre en el hogar. Se diluyen aromas de infancias entre los rancios olores esparcidos. Aislada del mundo, abandonada sin remedio.
Queda la casa, apasible y orgullosa, aún en su decrepitud, desconsolada por los vientos de los páramos lejanos. Se niega a ser vencida. Es su manera de rendir homenaje a todos los espíritus nobles que eligieron habitarla.
Sue
14-11-09
